La Cantuta, una herida sin cicatrizar

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Familiares de las víctimas de La Cantuta continúan con el anhelo de encontrar los restos de sus seres queridos, asesinados por Fujimori y Montesinos, calcinados y desaparecidos hace 30 años.

Nos vemos después de este anuncio.

Sus familiares no se dieron por vencidos, ya que sus heridas no habían sanado. El viernes 10 de junio, los familiares regresaron al lugar donde tiempo atrás habían encontrado los restos de los estudiantes. Representantes del Ministerio de Justicia lo acompañaron de regreso a Cieneguilla para continuar la búsqueda en el lugar más lejano e indecente.

La madre de Raida Cóndor, la madre del desaparecido Armando Amaro Cóndor, cree que algún día se encontrará el cuerpo de su hijo. Incluso dijo que tuvo una visión en sueños que su hijo le enviaba un mensaje donde estaba en todos los arenales de Cieneguilla. Así que tenemos que volver a Cieneguilla. El arqueólogo encargado de localizar los restos del complejo accedió a la llamada de la señora Raida y ella concertó la visita.

La visita duró casi un día y durante la visita se advirtió que en la mañana del 18 de julio de 1992, el Grupo Colina, que cumplía las órdenes de Fujimori y Montesinos, realizaba un operativo militar en la Universidad Enrique Guzmán y Valle. . , conocido como La Cantuta.

Ingresó a la casa de estudiantes y detuvo a Juan Mariños Figueroa (32), Heráclides Pablo Meza (28), Robert Teodoro Espinoza (24), Armando Amaro Cóndor (25), Luis Enrique Ortiz Perea (21), Dora Oyague Fierro (21), Felipe Flores Chipana (25), Bertila Lozano Torres (21), Marcelino Rosales Cárdenas y el profesor Hugo Muñoz Sánchez (47).

Después de esa noche nadie supo del paradero de los nueve estudiantes y del profesor. En 1993, en un arenal del distrito de Cieneguilla, un equipo forense encontró los restos de un hueso que pertenecía a uno de los estudiantes de la universidad. Desde entonces, durante 30 años, los familiares de las víctimas de La Cantuta han luchado por la justicia y creen que aún pueden encontrar los restos de sus hijos.

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Ya a las 8 de la mañana llegué al lugar de reunión, entré sin ver a nadie, luego me senté en la sala esperando que llegaran los demás. De repente, la recepcionista me invitó a pasar a la cocina para tomar un café y acompañar a los hermanos. Durante un tiempo me sentí especial, porque suelo ser el primero en las reuniones. En la cocina estaban Doña Juana y Don Augusto, padres de Bertilia Lozano Torres; y doña Pilar y Carmen, madre y tía de Dora Oyague Fierro. Cuando el reloj marcaba las 8:20 era hora de irse.

Salimos para dirigirnos a la movilidad que nos llevaría al arenal de Cieneguilla. Durante el recorrido sentí un gran cambio en el clima. En Lince, donde está la oficina de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, hacía mucho frío, pero cuando llegamos al distrito de Cieneguilla hacía mucho calor.

Antes de llegar a las dunas, paramos un rato para recoger a Bu Raida, Carmen y José (madre, hermana y prima de Armando Amaro Cóndor). Al llegar a la arena sentí una atmósfera extraña, vi un desierto lleno de preguntas sin respuesta que tuvieron que soportar los familiares durante los últimos 30 años.

Saliendo de la movilidad, tomamos un camino que nos llevaría hasta donde las máquinas hacían el trabajo de remover arena y piedra, pero sin resultados satisfactorios. La señora Raida es la más ágil del lugar. Mientras yo evitaba caerme con todo y la cámara, la señora estaba abajo con la máquina.

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Mientras tomaba la foto, hablé con la Sra. Carmen sobre cómo se siente estar aquí sin poder encontrar a su sobrina Dora. Recuerdo haber dicho “El tío debe ser procesado, no asesinado”. Le pregunté si podía tomarme una foto con un retrato de Dora y ella accedió. Pude ver en sus ojos la desesperación y el dolor que causa la pérdida de su sobrino, “yo lo crié, él también vive conmigo”, fueron sus palabras mientras la fotografiaba.

Caminando casi 150 metros bajo la arena, Gisela Ortiz, la hermana desaparecida de Luis Enrique, tuvo un pequeño accidente con el arquitecto encargado de la investigación forense, apodado “Guille”. Explica, porque la zona no puede llevar máquinas y porque es un terreno donde hay una “piedra madre”, no se puede destruir, sino todo se derrumba.

Sin embargo, Raida entró en disputa y dijo que tenía una predicción de que su hijo Armando le diría dónde la enterrarían. De ahí que Gisela Ortiz y sus empleados comenzaron a seguir a Raida.

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El lugar donde aparece Raida no es del todo seguro para bajar, pero tampoco es imposible. Las dos personas de adelante y de atrás tienen que apoyar a Raida para que nada salga mal. Finalmente, Raida pudo descender con seguridad, a pesar de que uno de los trabajadores cayó sobre su estómago como si se estuviera ahogando en una piscina, pero en la arena.

Tengo que admitir que me dio un poco de miedo bajar, pero hubo un amigo mío que me ayudó, incluso cuando yo también estaba cayendo. Estaba más preocupado por la cámara que por mis manos y pies.

Tras llegar al lugar indicado por Raida, Guille y su equipo salieron a cavar con pico y pala para ver qué encontraban. Comencé a filmar el programa, pero el lente de la cámara vio que la señora Pilar solo miraba el horizonte, me acerqué y le pregunté si quería beber un poco de agua, ella respondió “no gracias hijo mío, lo único que quiere es encontrar mi hijo.”.

Se me hizo un nudo en la garganta, tenía ganas de llorar, no podía soportar ver a un padre tratando de encontrar a un niño. Ella le dice que Dora fue invitada a una fiesta con sus amigos, la noche anterior, pero por razones familiares no pudo asistir. Le gusta rockear en español, aunque Pilar no recuerda su grupo favorito. En ese momento Raida vino con su hijo José y sacaron unas velas de la bolsa, solo sé que Raida la trajo, José recogió unas piedras y rodeó las velas junto con una foto de su hermano Armando. A veces las piedras caen y José las vuelve a levantar, “como la pachamanca José, como la pachamanca” decía Raida para evitar que la piedra volviera a caer.

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Guille avisó a las damas que no encontraron restos y solo vieron arena y otras piedras. Al escuchar esta noticia, los hermanos decidieron subir y terminar la visita, pero antes querían realizar un pequeño ritual para honrar a los 10 desaparecidos esa noche.

Con un mantel rojo tejido a mano, flores amarillas, un vaso de agua y una preciosa mandarina 10 caras de su hermana. Gisela Ortiz pronunció una breve oración y un discurso con la voz entrecortada y lágrimas. Lo más importante es que dice “Él no está muerto, vive en nuestros corazones y allí permanecerá”.

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Terminando la ceremonia, seguí a la Sra. Raida. Creo que nunca me he esforzado demasiado por quedarme con él. Ella le dice que la noche en que su hijo desapareció, ella se sorprendió. Cuando vieron el juego de llaves que llevaba uno de los policías, lo reconocieron al tocarlo. “Sabía que era mi hijo cuando vi la llave, pero la policía seguía empujando para probar la puerta de mi casa y realmente era Armando”. A pocos metros del tramo superior, un motociclista llegó con una mochila llena de helado. Parece que el Altísimo se ha dado cuenta de que todos nos estamos muriendo de calor. La señora Raida y su hijo mandan mensaje “BB” y yo mensaje el clásico “Frío Rico”.

Aprendí tres cosas ese día. En primer lugar, el amor de mi madre es incomparable. Ver a una anciana moviéndose entre arena y piedra demuestra que la guerra no se detendrá hasta que ella vea los restos de sus hijos. Segundo, que la dictadura de Fujimori cometió graves crímenes de lesa humanidad.